Un frasco pequeño, de vidrio soplado, con una tapa de metal oxidado. En la tapa, grabado con punzón, dice: MATEO. El frasco está vacío. No contiene tierra, ni gel ámbar, ni restos humanos. Solo aire. Aire que vibra ligeramente, como si el frasco estuviera esperando ser llenado. El frasco es la oportunidad de Mateo. La oportunidad de llenarlo con su nombre verdadero. La oportunidad de escapar del ciclo. O de quedarse en él para siempre.
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2026
Las manos que plantaron mi casa
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