Una cuna de mimbre, trenzada como una jaula. Sus varillas proyectaban sombras que no correspondían a ninguna fuente de luz. En el centro de una habitación blanca. Siempre vacía. Siempre meciéndose.
Una silla vacía en una habitación vacía. Alguien debería sentarse. Alguien debería escuchar los susurros. Pero nadie quiere. Porque sentarse en esa silla implica ocupar el lugar de otro. Implica escuchar lo que no quieres escuchar.