Una silla vacía en una habitación vacía. Alguien debería sentarse. Alguien debería escuchar los susurros. Pero nadie quiere. Porque sentarse en esa silla implica ocupar el lugar de otro. Implica escuchar lo que no quieres escuchar.
Paula se mudó a un edificio viejo. Huyó de una relación violenta. Creyó que estaba empezando de nuevo. Pero el edificio tenía memoria. Fue un centro de detención durante la dictadura.
En el quinto piso, un vecino que nunca salía. Por las noches, susurraba.
Paula empezó a soñar con él. En los sueños, el vecino le mostraba una silla vacía.
—Siéntate —le decía—. Es tu turno de escuchar.
La silla vacía era el lugar del testigo. El lugar de quien sabe y calla. El lugar de quien hereda un dolor que no causó, pero que no puede ignorar.
La silla vacía no se va. Te mira. Te espera. Ocuparla da miedo. Dejarla vacía también. La diferencia es que, cuando la ocupas, al menos sabes por qué no duermes. Cuando la dejas vacía, el silencio se vuelve más denso, más pesado, más difícil de soportar.
En "El que susurra en el quinto piso", la silla vacía es el símbolo de la memoria histórica. El edificio fue un centro de detención. El vecino del quinto piso es el único prisionero que nunca salió. La silla es el lugar que Paula debe ocupar para escuchar lo que el edificio guarda.
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