Mapas dibujados a mano, con tinta negra, en papel envejecido. No son mapas de lugares reales. O sí. Al superponerlos con mapas oficiales, las coordenadas coinciden con casas donde hubo desapariciones no resueltas.
Mateo era cartógrafo. Pasaba sus noches trazando mapas de lugares que nadie quería recordar: zonas de conflicto, territorios olvidados, fronteras que ya no existían.
Un día, empezó a recibir paquetes anónimos. Dentro, mapas dibujados a mano. No eran mapas de lugares reales. O sí. Al superponerlos con mapas oficiales, las coordenadas coincidían con casas donde hubo desapariciones no resueltas.
El primer mapa llevaba a una casa abandonada. El segundo, a un parque. El tercero, a un sótano.
Mateo investigó. Descubrió que los mapas los había dibujado un niño desaparecido hace veinte años. Y que los mapas no mostraban dónde estaban los cuerpos. Mostraban dónde estaban las entradas.
No necesitás saber a dónde vas para dibujar un mapa. Necesitás dibujar un mapa para empezar a saber a dónde vas. El lápiz es más valiente que la brújula. El lápiz se anima a trazar aunque no esté seguro.
En "El mapa de los que se fueron", los mapas son el símbolo de la memoria y la pérdida. Mateo descubre que los mapas los dibujó él mismo, dormido, sin recordarlo. La última coordenada lo lleva a su propio departamento. Debajo de la alfombra, encuentra una trampilla que no sabía que existía.
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