Un cuaderno encuadernado en piel negra, con las esquinas de metal oxidado. Las primeras páginas están escritas con letra Palmer temblorosa. Las últimas están en blanco. O eso parece. Porque cuando se acerca una vela a las páginas vacías, aparecen palabras escritas con tinta invisible. Palabras que confiesan un asesinato. Palabras que anuncian una repetición.
David Mora escribió su diario en 1923, el año en que mató a su esposa María Antonia. Lo escribió con la esperanza de entender sus visiones. De entender por qué veía a una mujer que no existía. De entender por qué el reloj no avanzaba.
Su hija, Antonia Mora, leyó el diario de niña. Lo quemó. O creyó quemarlo. Pero antes de hacerlo, copió una página. La guardó durante sesenta años. Se la entregó a su nieto León el día antes de morir.
Pero el diario original no se quemó. Estaba escondido bajo una baldosa del archivo de la facultad de Historia. León lo encontró cuando era niño. No lo cogió. Tuvo miedo. Ahora, años después, vuelve a buscarlo. Y lo que encuentra lo hiela.
Las páginas finales están en blanco. Pero al calor de una vela, aparecen las palabras de David. "He descubierto el secreto del reloj. No mide el tiempo. Lo contiene. He visto el futuro. He visto a mi nieto. He visto a Laura. He visto cómo me mira desde 2025. No hay distancia. Solo repetición."
Los diarios no son solo cuadernos. Son confesiones. Son testamentos. Son intentos desesperados de explicar lo que no tiene explicación. El diario de David Mora no era un registro. Era una advertencia. Una advertencia que su familia no supo leer. Que su hija no quiso leer. Que su nieto no pudo leer. Hasta que fue demasiado tarde. Porque las palabras escritas con tinta invisible solo aparecen cuando el tiempo está a punto de acabarse.
En "El hombre que recordaba el futuro", el diario de David Mora es el documento que desencadena la investigación de Laura y León. Es la prueba de que David no estaba loco. O de que su locura era algo más. Es la llave que abre la puerta hacia 1923. Y es también el espejo donde León se ve reflejado. Porque las palabras de David son las suyas. Las visiones de David son las suyas. La condena de David es la suya.
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